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Economía del Bien Común

17 de febrero de 2015

¿Y si no estuviéramos condenados a competir?

"En ese instante fue como si se encendiera una chispa en nuestros corazones,
en nuestras almas: éramos humanos. Sé que aunque él no lo quería, mi sonrisa pasó a través de los barrotes y provocó otra sonrisa en sus labios."
Antoine de Saint-Exupéry. La sonrisa.


¿Y si no estuviéramos condenados a competir?
Montecruz Foto (CC)  

La competencia implica necesariamente un comportamiento egoísta, centrado en el propio beneficio. Directamente relacionado con el afán de lucro, pero además en contraposición con el bien ajeno. Para sus defensores hay varias premisas que hacen incuestionable este principio del capitalismo.

La primera es la tendencia natural al individualismo y al egoísmo y la negación de nuestra condición cooperativa y social. Pero cada día surgen estudios que muestran lo contrario. [1] En un programa de radio dedicado a la EBC, el escritor Bernardo Atxaga lo explicaba con “La historia de la niña que no podía comer”. En Atapuerca, estudiando al homo heidelbergensis (nuestros abuelos lejanos), descubrieron restos de una mujer de unos 14 años con un problema congénito que le impedía comer por sí misma. Sin la ayuda del grupo, sin el instinto de cooperación y de atención al más débil no hubiera podido alcanzar esa edad. El hombre que vivió hace más de medio millón de años ya tenía la tendencia a la cooperación y la ayuda mutua en sus genes.

La segunda premisa es que para que la economía fluya es necesario ese comportamiento que además de buscar un beneficio desmesurado necesita destruir competidores. Tras la caída del bloque soviético, pareció probado que sin el incentivo del dinero y la competencia, el sistema tiende a la inanición. Christian Felber dedica varias páginas a desmontar el principio de que “la competencia es el método más eficaz que conocemos” (en palabras del Nobel de Economía Friedrich August von Hayek) [2], tras buscar la justificación a esta hipótesis, concluye que “ninguno de los economistas coronados con el premio Nobel ha demostrado jamás que la competencia sea el mejor método que conocemos” [3].

Continuamente hablamos de trabajo en equipo. Educamos a los niños para la cooperación. Pero les calificamos individualmente y provocamos que se comparen entre ellos y por tanto que compitan. Por una parte intuimos que trabajar en equipo es más enriquecedor, más placentero y más ético, pero por otra aceptamos no tener más remedio que olvidar esa cooperación para superar a los compañeros. Paradójicamente en las empresas y en las escuelas se promueve el trabajo en equipo a la vez que la competitividad. En una misma empresa, en un departamento, en un aula se coopera. Fuera se compite. ¿Por qué? No solemos hacernos esta pregunta. Simplemente aceptamos que hay que competir.

El sistema de mercado está basado en superar al otro. En hacer relojes más baratos que la competencia y conseguir que ellos no vendan. Esto es así, pero podría ser de otra manera. Los relojeros de cada zona podrían fabricar tipos de relojes diferentes o especializarse en ciertas piezas. De hecho ya existe la economía colaborativa. Existe a pequeña escala en montones de ejemplos cotidianos donde los comerciantes de mercados y mercadillos se comportan como compañeros y no como competidores. Pero existe también como movimiento: la economía colaborativa es una corriente que ya está en marcha. La comunidad Ouishare , fue una de las pioneras en definir y abanderar la nueva filosofía económica, de producción, financiación y consumo. Su cofundador, Antonin Léonard, viaja por todo el mundo divulgando la buena nueva económica. Está convencido de que la teoría clásica del “homo economicus” es una falacia y de que está a punto de pasar a la historia. ’Creo que ahora estamos destruyendo un poco este modelo económico porque nos damos cuenta de que el ser humano no sólo se mueve por su propio interés, por el dinero, sino que tiene un montón de motivaciones más, que tienen que ver con el vínculo con otras personas, con la empatía, con el altruismo’.

Basándonos en la competencia desmedida justificamos cualquier comportamiento injusto o indigno

En tercer lugar se justifica la competencia, el superar a otros o hacer que otros pierdan, como el único modo efectivo de motivación. Es cierto que podemos motivarnos a través de la comparación, como en los juegos olímpicos o en cualquier competición. Pero al buscar el impulso en esta oposición al otro nos jugamos valores demasiado costosos. En los juegos esto no sucede. Mientras se está jugando se está interpretando un papel, cuando acaba el juego volvemos a ser los mismos, iguales a nuestro oponente. Si este comportamiento lo llevamos a la vida real, como hacemos con la competencia empresarial, los valores de respeto y dignidad se tambalean. Christian Felber habla de la motivación intrínseca [4], lo que llamamos vocación, o también la pasión artística o el altruismo que nada tienen que ver con la competencia. Si lo que nos mueve es algo que parte de nosotros mismos, el impulso es mucho mayor y más placentero. La propuesta en el libro de Christian es que desde niños enfoquemos nuestros esfuerzos a buscar esa motivación que nos diferencia y nos satisface. Así conseguiremos una economía próspera formada por ciudadanos felices.

Por supuesto que nuestra motivación puede conseguirse a través del dinero, así es como sucede en la sociedad actual. Y se mueven grandes pasiones a través de algo tan material. Ese es el gran monstruo a vencer. Igual que cuando hablábamos del afán de lucro frente al bien común. Otra vez son los sujetos económicos, las empresas, el ejemplo a seguir. Basándonos en la competencia desmedida justificamos cualquier comportamiento injusto o indigno. Los no empáticos, los manipuladores o los farsantes serán los más exitosos en este juego, los que manejarán los hilos del absurdo guiñol, y para completar el absurdo, serán primero aplaudidos y luego imitados por el devoto público.

Las personas, las comunidades autónomas o los municipios copiamos el reflejo de la competencia y aceptamos comportamientos agresivos y desleales con nuestros iguales. Si conseguimos que se ponga en valor la cooperación en lugar de la competencia, y que se deje de motivar a los individuos mediante el dinero o a través de hacer que otros pierdan lo que yo gano, si descubrimos que empresarios, mercaderes y alcaldes pueden prosperar siguiendo su instinto colaborativo, conseguiremos empezar el cambio de paradigma. En el caso de la Economía del Bien Común los municipios implicados ya se están comprometiendo a iniciar esa cooperación replicando las prácticas presentadas por otros.

Chus Melchor    Economía del Bien Común Madrid

Notas

[1Por ejemplo Adela Cortina: ¿Para qué sirve realmente la ética?, Juan Carlos Monedero: Curso urgente de política para gente decente. Christian Felber: La Economía del Bien Común.

[2Como señala CF en su libro, No existe el Nobel de Economía, sino el “premio del Banco Central de Suecia en las Ciencias económicas en memoria de Alfred Nobel

[3La Economía del Bien Común. p38.

[4“La motivación intrínseca proviene del interior y actúa de manera más intensa que la motivación extrínseca, que se mueve mediante estímulos, recompensas y sanciones externos”. La Economía del Bien Común. Christian Felber. P. 149