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La sirena de guedeja ambarina y el Rolls Royce de oro macizo

13 de mayo de 2015

Sobre la esclavitud en la era de la globalización

Un día soleado caminaba por el paseo marítimo de Altea y, como solía hacer todas las mañanas, me senté en un banco para leer. Abrí el grueso libro que llevaba: La Vieja Sirena de Jose Luis Sampedro, -de quien se acaba de celebrar el segundo aniversario de su muerte-, y leí, perplejo, cómo un hombre cortaba a una hermosa esclava una larga cabellera de color ámbar para que su rica señora se hiciera una peluca.


Sobre la esclavitud en la era de la globalización
Erin (CC)  

La escena se desarrollaba en la Alejandría del siglo III d.C. La esclava, que había sido sirena en otra vida, usaba varios nombres: Glauka, Irenia, etc. Sus ojos tenían un color indefinido, mezcla de verde y gris. Había sido adquirida en el mercado del puerto, y escrutada desnuda, palmo a palmo, por el obsceno Amoptis, mayordomo de la Villa de Tanuris.

Antes de cerrar la compra, Amoptis dice a su vendedor: No vale gran cosa, solo me sirve su cabellera. Si me vendieses su pelo, te dejaría el cuerpo para ti.

Y como el mercader se queda extrañado, le explica:

- La quiero para ofrecer una peluca a mi señora Sinuit. ¡La encantará deslumbrar con su cabellera a todas las damas de Alejandría! (Sin duda, recibiré un gran premio a cambio, piensa para sus adentros).

Amoptis lleva a la enigmática Clauka a la lujosa Villa de Tanuris, la manda lavar y vestir elegantemente, y, después, la conduce a una habitación y la pide que le haga una felación. La esclava obedece sin rechistar y el hombre, extasiado, eyacula complacido. Luego se lava el pene flácido en una jofaina y la corta la frondosa guedeja que tiene, dice Sampedro, “el rubio profundo, fuerte y dulce del ámbar antiguo, de miel reciente”.

Miles de sirenitas son rapadas como animales para que su pelo pueda venderse a precio de oro

Cuando la guedeja de la esclava cae a los pies de Amoptis, cierro el libro bruscamente, emitiendo un seco sonido, y me pregunto: ¿Dónde se habrá inspirado J.L. Sampedro para escribir eso? ¿En la servidumbre de la antigüedad cuando podía someterse a los esclavos a cualquier tipo de vejaciones? ¿O en la esclavitud de nuestra época, incluida la infantil [1], que ha tomado la forma más aberrante que el ser humano pueda imaginar?

El bueno de J.L. Sampedro – que abogaba por una economía más humana, más solidaria, destinada a desarrollar la dignidad de los pueblos-, seguro que se inspiró, como dice Schopenhauer, “En el Gran Libro del Universo”.

El citado relato me lleva a pensar en las miles de sirenitas de los pueblos más pobres de la Tierra que todos los días son rapadas como animales para que - después de que su pelo sea tratado y/o teñido en sórdidas fábricas de pelucas- pueda venderse a precio de oro, -tras pasar por una cadena de intermediarios-, a las damas de la alta sociedad y a las “glamourosas celebrities” que levantan pasiones en los desfiles de modelos de dos metros de altura y cuarenta kilos de peso.

En un reciente documental de televisión se filmó a una niña (de una aldea de Bolivia) – de catorce o quince años- que era arrastrada brutalmente por varios hombres que, tras inmovilizarla, la raparon la cabeza con una máquina eléctrica al tiempo que se reían a carcajadas. Mientras la menor gritaba y lloraba como si le hubieran arrancado el corazón, una voz explicaba que su pelo podía venderse ¡ya! por unos veinte dólares.

Ese no es un caso aislado. Todos los días se repite esa vejación en decenas de miles de pequeñas Glaukas e Irenias de los pueblos más apartados y miserables de la tierra (zonas rurales de Perú, Bolivia, China, etc,) cuyo pelo luego pasa a adornar las cabezas de las señoritas y damas de la burguesía de la aldea global.

¡Ay, la globalización de la economía! La esclavitud infantil en insondables fábricas, sótanos y cuartuchos del tercer mundo, donde ejércitos de niños y niñas son explotados bajo amenazas o a cambio de unas monedas, para que confeccionen “en esas cárceles”, por ejemplo, productos para las grandes marcas “creadas por los dioses” [2] que luego se venden en las boutiques de lujo de París, Londres, Roma, Barcelona y Nueva York.

¿Quién ignora que esa masa de “mano de obra barata” duerme en habitáculos insalubres?

¿Quién no ha visto los autobuses hacinados de paupérrimos obreros de India, Pakistán, Bangladesh, etc, que trabajan en la construcción, de sol a sol, en los emiratos árabes del Golfo Pérsico, cobrando sueldos que no llegan a los doscientos euros al mes?

¿Quién ignora, en esta época en la que el gusano del capitalismo engorda dentro del corazón, que esa masa de “mano de obra barata” duerme en habitáculos insalubres, sin aire acondicionado, y soportando temperaturas de más de 50 grados sobre cero? ¿Quién ignora que a las criadas filipinas se las golpea y maltrata en esos emiratos donde la señora de la casa alterna el manejo de la bofetada y el palo?

¿Quién no ha visto a esos jeques y emires que viajan con sus harenes a Marbella enseñar, orgullosos, su colección de Rolls Royce, en los que el modelo estrella es uno de oro macizo? Hay un refrán, que aprendí en El Cairo hace muchos años y que refleja perfectamente la filosofía del capitalismo, dice así: “El que no tiene una piastra [3] no vale una piastra”.

Y vuelve a cantar ¡Quiquiriquí! El Noble Gallo Benevetano para felicitar al rey de Arabia Saudí, Salmán bin Abdulaziz, quien, mostrando su lado mas feminista, avisa que va a firmar un decreto para que las mujeres puedan sacarse el carné de conducir, comprarse un coche y ¡rodar, rodar y rodar por las calles de Riad!

Javier Cortines    Nilo homérico

Notas

[1Según datos de la OIT, correspondientes al 2010, ese año había en el mundo 215 millones de niños (entre los cinco y los catorce años) que sufrían explotación laboral, de los cuales 115 millones realizaban trabajos peligrosos. En este último colectivo se incluía menores que ejercían la prostitución forzosa, y el reclutamiento de niños soldados.

[2Hugo Ferdinand Boss, fundador de la marca “Hugo Boss”, confeccionó para Hitler los uniformes de la SS y de la Wehrmacht (Fuerza de Defensa) durante la Segunda Guerra Mundial. Aún sigo sin entender por qué no han tenido la delicadeza de cambiar el nombre de esa marca. No estaría mal, por ejemplo, “Breaking The Wall” (Rompiendo el Muro). A lo mejor estoy diciendo una estupidez y Hugo Boss fabrica ahora los uniformes del ejército israelí para hacerlo más letal a la hora de bombardear Gaza.

[3Céntimo.

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