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Grecia ha comenzado a abrir una senda que era imposible

5 de febrero de 2015

Salvemos a Eréndira

Con el agradecimiento a Carlos Berzosa, que relacionó tan acertadamente el cuento de García Márquez “la increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada” con el panorama actual.


Salvemos a Eréndira

La cándida Eréndira lavaba el cuerpo enorme de su abuela en agua perfumada por un caldo de hierbas aromáticas que preparaba cada día. Cuidaba la casa, cocinaba y limpiaba para ella sin un minuto de descanso, sin una pausa para el placer o el juego, incluso antes de la desgracia. Hay criaturas que nacen deudoras o se convierten en víctimas apenas nacer. No hay justicia para ellas, ni siquiera la buscan, ni siquiera creen en la posibilidad de ser libres. Son esclavas del delito de nacer, como Segismundo.

Hay países, y con ellos todos los seres que nacen y viven dentro de ellos, que llevan años en el papel de deudores, de esclavos, de víctimas de sus acreedores. Casi la totalidad de lo que producen y crean pasa directamente a manos de otros.

Estamos acostumbrados a los saqueos legales en África o América latina. Sabemos que hay multinacionales que extraen el agua de humedales hasta convertirlos en desiertos para envasar refrescos plagados de azúcares, que se pierden cada año cientos de miles de hectáreas de bosque en Indonesia y Amazonas cuyo beneficio se reparte entre unos pocos foráneos, que las minas de Coltan proporcionan tecnología barata a los europeos y norteamericanos mientras provocan guerra, destrucción y hambre en África.

Sabemos que hace décadas que Zimbabue, Somalia o Nicaragua acumulan una deuda externa que les obliga a entregar a sus acreedores (grandes bancos, grandes poderes económicos, grandes multinacionales) toda su riqueza antes de dar de comer a sus niños, antes de atender a sus enfermos, antes, mucho antes de preocuparse de sus discapacitados.

Basta con comparar las exigencias de la Troika a nuestro país con las dictadas hace unas décadas por el FMI


Si viviésemos al lado de la joven Eréndira entenderíamos que la justicia pasa por liberar a la víctima y olvidar el pasado, que no siempre las deudas deben pagarse, que cuando el deudor se ha convertido en esclavo debido a la avaricia despiadada de su acreedor, lo justo es no pagar. García Márquez lo deja tan claro que nadie defendería a la desalmada abuela ni su derecho a cobrar.

Hasta ahora, la lógica perversa del sistema, sólo había esclavizado a países pobres, países que se situaban fuera del entorno europeo, lejos de la frontera mejicana, al sur de de la valla de Melilla. Jamás pensamos que esa valla pudiera desplazarse hacia el norte, muchos siguen sin creerlo. “España no es Uganda”, “España no es Grecia”, “España es Europa” nos repiten, nos repetimos.

Y sin embargo basta con ver cómo durante la crisis la deuda pública de España o de Grecia se ha incrementado más que nunca, cómo el estado asumió la descomunal deuda de nuestras entidades financieras mediante mecanismos como los llamados rescates bancarios. Basta con comparar las exigencias de la Troika a nuestro país (y a los países periféricos elegidos) con las dictadas hace unas décadas por el FMI a los países africanos y latinos ahora esclavizados.

Nuestro camino es el de la cándida Eréndira. Nuestra historia está escrita. Somos Uganda, somos Grecia. Fuimos Europa, es cierto, y eso hará más duro nuestro calvario, porque conocimos la bonanza de un estado con Seguridad Social universal y pensiones para todos. Porque pudimos estudiar en la universidad. Y esa es a la vez nuestra única fuerza, la única ventana, la luz que puede salvarnos.

Si la pequeña Eréndira hubiera conocido otro destino, si hubiera vivido libre, quizás no hubiera aceptado su desdicha. Y si la pequeña Eréndira se hubiera rebelado, se hubiera negado a humillarse cada día, la historia habría sido otra. Sólo ella podría salvarse o pedir ayuda, pero para eso tendría que saberse con derecho a no pagar y capaz de sobrevivir sin su abuela.

Los oprimidos necesitamos dos condiciones para emprender el camino de la liberación: sabernos capaces de sobrevivir sin los opresores, en nuestro caso los inversores extranjeros (que por otro lado vendrán en cuanto les convenga), y ser conscientes de nuestra condición de servidumbre.

Nuestros dirigentes se han mostrado en su mayoría incapaces de enfrentarse a los opresores y es necesario romper estas reglas, desencadenarnos de los mercados, escapar de esta lógica. Quizás desde el poder sea más difícil visualizar la evidencia. O puede que sea necesario mucho coraje para hacer algo que no se espera de nosotros, para inventar un rumbo no escrito.

Desde hace unos años es el pueblo el que ha mostrado poseer la lucidez, el que ha mostrado el camino. Ahora Grecia con su Yanis Varufakis ha empezado a abrir esa senda imposible hasta ahora.

Además los poderosos exigen que los deudores muestren de antemano alternativas. Y lo hacen. Hay grandes economistas explicando las diferentes opciones. Pero si alguien liberara a Eréndira no se lo impediríamos con la exigencia previa de una hoja de ruta para el futuro, con el argumento de que no hay otro futuro posible para la niña. El fin es la justicia en sí misma; no se puede admitir una situación de evidente abuso con la excusa de que no hay otra opción.

Primero liberamos a Eréndira porque es inaceptable la esclavitud, después, seguro que la joven encuentra una forma de sobrevivir por sus medios, en el peor de los casos basta con que utilice los medios con que paga a su acreedora. Si no hubiera alternativas el deber de los que nos gobiernan sería encontrarlas. No hay pretexto para aceptar la agonía de una deuda que nos asfixia.

Leamos todos el cuento de García Márquez, aprendamos del enorme maestro, pero busquemos el modo de cambiar la historia: salvemos a Eréndira.

Chus Melchor    Economía del Bien Común Madrid