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Parte 1

19 de diciembre de 2015

Reflexiones estratégicas entre cumbres climáticas y elecciones, para tiempos de colapso civilizatorio

En estos momentos de cumbres climáticas y periodos electorales es necesario no solo mirar la táctica, los pasos cortos, sino también la estrategia, la mirada larga. Este texto pretende ser una contribución a lo segundo


Reflexiones estratégicas entre cumbres climáticas y elecciones, para tiempos de colapso civilizatorio
Daniel Horacio Agostini cc  

Vivimos las primeras etapas de un cambio civilizatorio de grandes proporciones. Dos de sus características básicas son una reducción de la energía y de los materiales disponibles. Esto va a suponer una mayor simplificación social (menos personas, interconexiones y especialización social). Esta simplificación se plasmará en la quiebra del capitalismo global, el fin de la hegemonía estadounidense, el alza de los conflictos por el control de los recursos, la fuerte reconfiguración del Estado con una merma de capacidad de acción, la pérdida masiva de información y el descenso demográfico. Este colapso no es una opción, es inevitable. Lo que no está escrito es qué velocidad tendrá, qué profundidad alcanzará o cómo se reconfigurarán los ecosistemas y las sociedades humanas. No voy a justificar este escenario, lo que hemos hecho en otra parte [1], sino que parto de él para tener espacio para las reflexiones estratégicas.

El colapso del sistema industrial brindará oportunidades para la eclosión de nuevas sociedades más justas, solidarias e, inevitablemente, sostenibles. Pero estas oportunidades serán más cuanta menor degradación social [2] y ambiental se produzca. Es decir, que “cuanto peor, peor”: a menor capacidad colectiva de navegar a través del colapso, mayores probabilidades de que que eclosionen nuevos autoritariomos o fascismos. La segunda idea fuerza es la imprescindible creación de alternativas, de nuevas instituciones [3]. A partir de ahí, comparto algunas reflexiones estratégicas.

Estado de emergencia

Necesitamos entender que tenemos que poner en marcha medidas de “estado de emergencia”, de “estado de excepción” o de “periodo especial”, como dirían en Cuba. Esto no es solo aplicable a las instituciones, sino también a las actividades del conjunto del cuerpo social y, por supuesto, de los movimientos que surgen en y de él.

Este “estado de emergencia” debería dar la vuelta a las prioridades sociales claramente mayoritarias desde la Revolución Industrial. No es el momento de poner delante las luchas por mejorar la calidad de vida de los seres humanos frente a la conservación de ecosistemas equilibrados. Es el tiempo de priorizar los temas ambientales frente a los sociales, porque en ellos están los elementos básicos para la supervivencia de la mayoría de la población.

De este modo, hay cuatro desafíos que deben ser centrales:

El colapso del sistema industrial brindará oportunidades para la eclosión de nuevas sociedades más justas

i) Transición energética hacia un modelo basado en las renovables. Este modelo podrá ser en una primera (y breve) fase de renovables basadas en altas tecnologías (como las actuales), pero a medio plazo tendrá que evolucionar hacia renovables más sencillas. Esto implicará sociedades en las que el consumo será mucho menor y más dependiente de los flujos naturales [4].

ii) Pasar de una economía de la extracción a una economía de la producción. Es decir, de una economía basada en la extracción de materiales no renovables del subsuelo, a una economía en la que, gracias a su integración con el resto de los ecosistemas, se puedan cerrar los ciclos. Esto significa, entre otras cosas, que el metabolismo tendrá que evolucionar de industrial a agrario [5].

iii) Evitar que se activen los bucles de realimentación positivos del cambio climático. Es decir, conseguir que no se pongan en marcha los procesos por los cuales el clima evolucionaría hacia un nuevo equilibrio 4-6ºC superior al actual, independientemente de lo que hagan ya las sociedades humanas [6].

iv) Frenar la pérdida de biodiversidad, el desequilibrio de los ecosistemas, y con ello la pérdida de funciones ecosistémicas de las que dependemos.

Pero priorizar los temas ambientales no quiere decir descuidar los sociales. Si esto ocurriese, lo que surgirían serían sociedades de corte eco-autoritario o eco-fascista. A la vez que afrontamos estos desafíos hay que redistribuir la riqueza y el poder. Es más, sin sociedades justas y democráticas no habrá sociedades sostenibles, pues la dominación entre los seres humanos y sobre el resto de los seres vivos están interrelacionadas [7].

Dicho con ejemplos, no es el momento de luchar por los puestos de trabajo en las minas, sino de invertir fuertemente en renovables; no es el tiempo de perseguir una mejor retribución para el campesinado que es parte del sistema agroindustrial, sino de apostar fuerte por la agroecología; no toca invertir en transporte y comunicación, sino de hacerlo en autonomía local; no hay que recalificar a urbanizable más territorio, sino iniciar el desmontaje ordenado de las metrópolis.

La concepción social e institucional de que vivimos un “estado de emergencia” es lo que podrá hacer concebible lo impensable. Es lo único capaz de centrar las fuerzas colectivas en lo importante y no en asuntos secundarios o contraproducentes. Hay precedentes históricos que muestran la fuerza de esta percepción. Por ejemplo, durante la II Guerra Mundial esto sucedió en Reino Unido y EEUU, lo que permitió que las personas redujesen voluntariamente su consumo, floreciese la creación de huertos urbanos o se apostase por fuentes energéticas alternativas. En general, las sociedades y las instituciones trabajaron en el mismo sentido (una pena que fuese el bélico).

Pero estamos lejos de que exista esta percepción, tanto en las sociedades como en las instituciones, ¿cómo puede suceder?

Sensibilización por los hechos

El intento de que se conciba este “estado de emergencia” (aunque sea en versiones suaves) ha sido uno de los ejes principales del trabajo del movimiento ecologista. Creo que es el momento de asumir nuestro fracaso histórico. No hemos conseguido evitar el colapso civilizatorio ni ecosistémico. De este modo, esta sensibilización probablemente va a llegar “por los hechos”, es decir, conforme la quiebra del orden socioeconómico y ambiental se haga cada vez más patente. Tal vez esa labor de sensibilización que tantos esfuerzos nos ha supuesto no sea el momento de continuarla. No porque no sea importante, sino porque igual no es muy eficaz y, sobre todo, porque hay otras tareas más urgentes a las que tenemos que dedicar atención.

Esto no es en absoluto una buena noticia, pues la “sensibilización por los hechos” generará desesperación social y la desesperación es muy mala compañera para cambios sociales de carácter emancipador. Frente a la desesperación, un elemento fundamental será ayudar a dar seguridad a la población. Hay tres elementos que podrían ayudar a este fin.

Es el momento de asumir nuestro fracaso histórico. No hemos conseguido evitar el colapso civilizatorio ni ecosistémico

En primer lugar, sentimos más seguridad si, aunque no podamos controlar lo que ocurre, por lo menos lo entendemos. De este modo, es fundamental ayudar a que las personas construyan marcos explicativos holísticos de la crisis sistémica. El análisis y explicación de lo que sucede es mucho más que un acto intelectual, es un mecanismo de seguridad.

La segunda idea es que necesitamos emociones que nos sirvan de pértiga para saltar sobre la desesperación. Una fundamental es la esperanza. Eso es justo lo que estuvo detrás del éxito de lemas como “sí se puede” u “otro mundo es posible”, que fueron capaces de retirar la losa del “no hay alternativa” impuesta por el neoliberalismo.

La esperanza no se construye sobre la nada, sino que requiere de razones sobre las que sostenerse. Y las hay:

i) La historia está plagada de ejemplos en los que ha surgido lo improbable. Lo improbable entendido estadísticamente y también como lo que el ser humano considera como difícil que ocurra, pero que tiene sólidas bases por debajo [8].

ii) El ser humano es un potente agente generador y creador que es capaz de realizar grandes cosas. Además, es tremendamente plástico, adaptable. Es como una célula madre que, igual que puede convertirse en un tumor, también puede transformarse en un corazón.

iii) A pesar de que la historia de la humanidad “reciente” está llena de actos brutales y de la promoción de valores bélicos y dominadores, el ser humano, incluso en los periodos más desfavorables a la cooperación y el altruismo, ha mostrado estos comportamientos. Es más, la base de la reproducción social está en esas labores de cuidados que tienen mucho más que ver con el amor que con el odio. Como poco, una parte profunda del ser humano anhela y busca la bondad y la relación armónica con el resto de la especie y del entorno.

iv) Las crisis, además de dolor, también traen esperanza. Implican una catarsis rápida, personal y social. Los procesos que se ven lejanos, ajenos y complicados se entienden y sienten de golpe. El cambio cobra sentido. Además, las crisis provocan que las viejas formas de hacer las cosas dejen de funcionar y de tener credibilidad, y dan oportunidades a otras ideas nuevas.

v) En el colapso que estamos empezando a vivir, un elemento básico de supervivencia será el trabajo en colectivo. Lo colectivo no es necesariamente emancipador (puede ser a costa de otros grupos), pero puede serlo, entre otras cosas porque requiere del desarrollo de la empatía.

vi) El formato social al que se encamina la humanidad será de dimensión más reducida, y lo pequeño cambia más rápido y es potencialmente más democrático. Lo mismo se podría decir de sociedades con menos energía disponible y basadas en renovables. Y de aquellas en las que la tecnología será más sencilla y de acceso más universal. Además, habrá más diversidad de organizaciones sociales, lo que dará oportunidad a que, al menos algunas de ellas, consigan superar las relaciones de dominación y se conviertan en referencias más fácilmente reproducibles.

Pero lo que más seguridad proporciona a las personas es que tengan formas de mantener un mínimo de vida digna. En este sentido, será fundamental el sostenimiento de los servicios sociales hasta donde sea posible en un Estado que tendrá cada vez menos recursos fruto de la crisis profunda [9]. Pero, por encima de ello, en la medida que el Estado y el mercado irán siendo cada vez más incapaces de proveer servicios básicos, será imprescindible la creación de nuevas instituciones, de alternativas para que las personas puedan tener una vida digna.

Luis González Reyes    Ecologistas en Acción

Notas

[1Fernández Durán, R.; González Reyes, L. (2014): En la espiral de la energía. Libros en Acción y Baladre. Madrid. Se puede descargar en: http://www.ecologistasenaccion.org/article29055.html

[2Por degradación social me refiero a la pérdida de tejido social, de lazos de apoyo mutuo, la lucha de todos/as contra todos/as extendida, la degradación moral que hace que un elemento básico de la humanidad (la sociabilidad) desaparezca o se diluya.

[3González Reyes, L.; García Pedraza, N. (2015): “Entre la toma de las instituciones y la creación”. En Libre Pensamiento, nº 82. Se puede encontrar en: http://www.elsalmoncontracorriente.es/?Entre-la-toma-de-las-instituciones

[4Las renovables, por múltiples razones que argumentamos en En la espiral de la energía (apartado 8.2), proporcionarán menos energía que los combustibles fósiles. Además, el futuro pasará por formatos tecnológicos más sencillos (apartado 9.9).

[5En realidad, estos dos primeros desafíos son transiciones inevitables que van a suceder en cualquier caso en el colapso que estamos viviendo. No hay energía para sostener el metabolismo industrial en el tiempo. Pero no será lo mismo que las sociedades sean capaces de ordenar mínimamente estas transiciones a que sean caóticas y fruto de la desesperación.

[6Algunos de estos bucles serían la liberación del metano contenido en el suelo helado (permafrost) y los lechos oceánicos, y el deshielo de amplias regiones blancas. Se pueden consultar en En la espiral de la energía (apartado 8.4).

[7Esta es una tesis que desarrollamos a lo largo de En la espiral de la energía.

[8Por ejemplo, el 15-M surgió porque había condiciones sociológicas y materiales para ello, aunque no se viese venir.

[9Argumentamos esto en En la espiral de la energía (apartado 9.7) y, de forma más breve, en “Entre la toma de las instituciones y la creación”.