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13 de abril de 2016

¿Qué hemos aprendido de la crisis?

En La mejor democracia que se puede comprar con dinero, Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía en 2001, dice que “cuando una nación está en crisis, el FMI toma ventaja y le exprime la última gota de sangre. (…) Han condenado pueblos a la muerte. No les preocupa si la gente vive o muere”.


¿Qué hemos aprendido de la crisis?
Foto: Plaza de Juan XXIII en Oviedo. Autor: Nacho.Flickr  

No soy Premio Nobel de Economía y me resulta difícil responder a la pregunta que encabeza este artículo, máxime cuando está de moda no posicionarse y huir de etiquetas en aspectos económicos. Sin embargo, sí me preocupa si la gente vive o muere, independientemente de que la afirmación de Stiglitz recoja con fidelidad el estado real de las cosas. Por este motivo, considero de vital importancia que reflexionemos sobre lo que nos ha enseñado la crisis desde un nuevo enfoque.

Cuanto más estudio economía y más me formo, más me doy cuenta de que, por definición de esta ciencia social, no existen métodos innegociables cuya eficacia sea siempre máxima y aplicables de forma exacta. En economía, existen múltiples enfoques y métodos ante una misma disyuntiva. Esto hay que tenerlo en cuenta ya que, como ciencia social aplicada a un conjunto de sociedades, la economía no puede presentarse con la pretensión de objetividad propia de las ciencias naturales; los científicos de esta materia no pueden prescindir de sus intereses y su ideología a la hora de hacer modelos y estudios económicos para resolver crisis.

No trato ahora de defender un enfoque por encima de otro, ni tampoco una ideología que influye al escogerlo. Solo respondo a la pregunta “¿Qué hemos aprendido de la crisis?” cuya respuesta es clara, ya que, seguimos obcecados en mantener el mismo enfoque, pese a que éste no contribuye al crecimiento y desarrollo de la mayoría de la población.

Entonces, podría decirse que no hemos aprendido mucho de la crisis cuando buscamos soluciones en los mismos que la han provocado. No podemos esperar tampoco que, haciendo prácticamente lo mismo que hace 6 años (descontando los dos primeros de la crisis por negación de ésta y aplicación posterior de medidas también ineficaces), encontremos resultados diferentes. Quizá no se quieran llevar a cabo otros métodos para su solución y por eso hay tanta insistencia en seguir dando palos de ciego, que sólo sirven para proteger los intereses de los asépticamente llamados “mercados”.

De tal forma la crisis se afronta, sobre todo en Europa, con la sesgada relación de ingresos y gastos, en la que sólo prima minimizar lo último olvidando lo primero. Es obvio que, si se gasta más de lo que se ingresa, un Estado incurre en déficit, pero también que, sin estímulos, no se producen ingresos con los que pagar la deuda de los gastos y ésta sigue creciendo. Con esta deducción y ante los hechos empíricos de los últimos años, me es difícil pensar que las políticas neoliberales de austeridad económica puedan traer consigo una salida óptima de la crisis.

Se pinchó la burbuja inmobiliaria y se hundieron los bancos; no había nada a lo que agarrarse para frenar la caída

Además, hay que tener en cuenta que las propuestas de recortes parten de un informe estadounidense, elaborado por dos profesores de la Universidad de Harvard, en el que aseguraban que, la deuda pública por encima del 90% del PIB hace entrar a un Estado en recesión, informe que resultó ser erróneo, ya que se escogió en un cálculo la media y no la mediana. España está actualmente creciendo con esa deuda pero bajo unas condiciones que hacen que ese crecimiento apenas se note, ya que no existe la necesaria distribución de los beneficios, debido a la cada vez mayor desigualdad entre las rentas del capital y las rentas del trabajo con respecto al PIB.

Por otro lado, no se frenan los motivos de fondo de esta crisis económica inicialmente financiera. Me refiero al excesivo poder que se le ha dado al sector financiero y, en particular en España, al poco tejido productivo del país. No se puede pretender ser competitivo en un mercado exterior (UE), si no se es antes fuerte en el mercado interior. Tengamos en cuenta también que, en España, los sueldos reales llevaban 10 años sin subir (1995-2005): disponíamos de poco poder adquisitivo que nos hacía depender más del crédito. Esto hizo que, al estallar la crisis financiera de las hipotecas basura en EEUU, nuestra economía reventara de forma más dura que en los países de Centroeuropa. Se pinchó la burbuja inmobiliaria y se hundieron los bancos; no había nada a lo que agarrarse para frenar la caída.

Asumiendo la urgencia de un tejido productivo fuerte en el país, ¿qué ocurre con el sector financiero y la encorsetada UE para no haber prevenido esto y no saber después solucionarlo?, ¿por qué se aplican las mismas políticas en países de coyunturas y necesidades diferentes?, ¿por qué los bancos, pese a recibir dinero del BCE a intereses mínimos, no hacen que fluya el crédito a la población, sino que lo prestan a los Estados a intereses altísimos y hacen que éstos presionen a la población con recortes y reformas para pagar la deuda contraída?, ¿por qué siendo un secreto a voces que las agencias de calificación de bonos (rating); Standard & Poor’s, Fitch, o Moody’s, son empresas privadas pagadas por grandes bancos, se siguen entonces dogmáticamente los requisitos que imponen para beneficiar a esas entidades bancarias?.

No podemos dejar sin respuesta estas preguntas, ni permitir que sea una pequeña élite quien marque el curso de la economía mundial, precisamente no dirigida al mundo en sí. Hasta que no se democraticen completamente las instituciones que funcionan como casinos financieros, hasta que no exista transparencia en este sector, hasta que no se regulen estos atropellos especuladores de, incluso, los valores de alimentos y materias primas, no podremos poner fin a este tipo de crisis cada vez más duras.

Cristian Gómez     Economistas sin Fronteras Andalucía