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Mientras las empresas asumen el papel de educadores en sostenibilidad

12 de julio de 2015

La universidad se pliega al mercado

En las últimas décadas, las grandes empresas han ido incorporando a su comunicación corporativa la idea de responsabilidad hacia la sociedad y el medio ambiente. Además de mantener alianzas y convenios con diversas entidades educativas, las mayores empresas anunciantes elaboran y difunden materiales didácticos para una “ciudadanía sostenible”, arrogándose un estratégico papel como agente social educador, que consolida su reputación corporativa. Mientras, la universidad se termina por orientar al mercado: éste parece ser el único fin de la educación.


La universidad se pliega al mercado
Robert S.  

Un anuncio del Banco Santander muestra molinos de viento en un paisaje manchego: ¿Qué estará haciendo, ahora mismo, el Cervantes del Siglo XXI?, dice el texto, y la respuesta, con ese emotivo optimismo tan propio de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), aparece debajo: “ESTUDIAR”.

Pero, ¿estudiar dónde? Desde 2012, la universidad no ha dejado de perder alumnas y alumnos. El dinero destinado a educación se ha ido recortando año tras año, acrecentando las limitaciones de un sistema público que ya presentaba importantes carencias, y las grandes empresas, que mantienen o aumentan sus dotaciones económicas destinadas al mecenazgo en programas formativos, imponen su discurso sobre la “transferencia de conocimiento”: “el conocimiento universitario no está llegando al mercado”, explica la Fundación Conocimiento y Desarrollo (CYD) [1], uno de los grandes lobbys empresariales del mundo educativo.

Esta fundación, dirigida justamente por Ana Botín, presidenta del Banco Santander, dice que ese conocimiento “debe representar generación de PIB para que así se cierre el círculo y el sistema global pueda asignar reiteradamente recursos a la generación de nuevo conocimiento”. Cervantes, sin embargo, el único círculo económico que conocía era el de las pérdidas, sobre todo cuando pedía impresiones del Quijote en el taller de Juan de la Cuesta en Madrid. Prácticamente todos los escritores del Siglo de Oro malvivieron escribiendo, pero su transferencia en innovación es hoy, mal que le pese a algunos, incalculable.

A principios del siglo XXI, las empresas todavía hablan en sus discursos educativos de “mejora de competencias”, “desarrollo profesional” o “formación para la promoción interna”, pero poco a poco los Departamentos de Recursos Humanos van desapareciendo de unos programas formativos que trascienden la esfera de lo técnico y se proponen “contribuir a formar éticamente a los empleados”, dice Iberdrola [2] en uno de sus programas de Responsabilidad Social Corporativa. Así, ya no hablamos solo de una persona empleada que requiere de formación constante ante un escenario laboral cambiante y la imparable introducción de nuevas tecnologías: la empresa se divisa como un estadio más en la educación del ciudadano a lo largo de toda su vida y empieza a estar dispuesta a adquirir la responsabilidad que ello supone.

En esa dirección apuntan el Pacto Global de la ONU o el Marco Europeo sobre Aprendizaje Permanente que la UE puso en marcha en 2006, ampliando miras en un doble sentido: a la vez que las empresas se convierten en agentes educativos estratégicos, la educación permanente incorpora como una de sus competencias clave el “sentido de la iniciativa y el espíritu de empresa” [3].

Telefónica, con casi 30 cátedras dedicadas a tecnología en universidades de Madrid, Cataluña, Valencia o Canarias, y el Banco Santander, con más de 70 cátedras en 30 universidades españolas, lideran la obsesión de las grandes empresas por tejer alianzas con los espacios prestigiosos de conocimiento. A la vez, se consolidan en los últimos años proyectos orientados a la sensibilización en temáticas sociales y ambientales, con una gran peso de la espectacularidad comunicativa y las herramientas habituales en la publicidad y el marketing.

Son ejemplos destacados los grandes centros culturales como el Caixaforum o los museos de las fundaciones empresariales, pero también campañas como el “Ciudadano R” de Repsol, una caravana que recorre diferentes puntos de la geografía española intentando hacer del ciudadano «parte activa en el ahorro y gestión de la energía así como en el cuidado del medioambiente» [4].

Al final, la solución que estos programas proponen, ante los complejos retos que las distintas crisis han puesto sobre la mesa, son “los pequeños gestos que ayuden a cuidar el entorno en el que vivimos”, dice la Guia del Consumidor R [5]. Por tanto, además de eliminar un posible cuestionamiento o visión crítica de la empresa, extienden el proceso de auto-exculpación a una sociedad civil que debe seguir consumiendo, siempre y cuando realice pequeños gestos como reciclar o cerrar el grifo cuando se lava los dientes.

Como resultado, las empresas automovilísticas proponen vehículos menos contaminantes y con menores emisiones de CO2, las energéticas proponen energías renovables, biocombustibles o mayor eficiencia energética, los grandes bancos proponen servicios bancarios universales, las grandes empresas de telecomunicación proponen telefonía saludable y adaptable a toda la ciudadanía. Y casi todas se proponen como un agente activo de cambio, al servicio del cliente y creador de valor económico y de empleo, bajo directrices de responsabilidad social y medioambiental.

Pero la formación en sostenibilidad que ofrecen estas empresas desproblematiza su actividad y el comportamiento de la ciudadanía, construyendo un escenario amable donde el cliente puede delegar en la empresa y sus productos el reto de la sostenibilidad.

Con esto, las empresas mantienen, en ese proceso de legitimación a través de la educación, un doble interés estratégico. Por un lado, pueden adquirir una imagen proactiva como agentes destacados ante el reto del cambio climático o la polarización de la riqueza con la crisis, a pesar de haber sido acusados de ser su causa. Pero además, les ubica en una posición privilegiada como entidad experta en políticas sociales y temáticas medioambientales. Mientras, la universidad va perdiendo su legitimación como espacio de conocimiento y se posiciona como fuente de recursos para el verdero fin social: la actividad empresarial.

Quizás el nuevo Cervantes del Siglo XXI está ahora estudiando… pero mejor que estudie cómo no ser solo una mercancía.

Isidro Jiménez Gómez    El Salmón Contracorriente

Notas

[1Fundación CYD (2013): “Ecosistema de innovación sostenible. El conocimiento circular.” La Transferencia de Tecnología Universidad - Empresa. Nuevos instrumentos y horizontes.

[3Recomendacion del Parlamento Europeo y del Consejo de 18 de diciembre de 2006 sobre las competencias clave para el aprendizaje permanente publicada en el Diario Oficial de la Union Europea L 394 de 30 de diciembre de 2006.

[4Repsol YPF, Informe de Sostenibilidad, 2013.

[5Repsol YPF, «Guía Pedagógica del Consumidor R», en sitio web www.repsol.es

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