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La agroindustria y su lavado de cara

18 de noviembre de 2015

La gran mentira de la "agricultura inteligente"

La Alianza Global para una Agricultura Climáticamente Inteligente (GACSA en inglés) y la Alianza Global para la Investigación de Gases de Efecto Invernadero en la Agricultura (GRA en inglés) no plantean ningún cambio en el sistema agroalimentario globalizado y ponen de manifiesto que la “agricultura inteligente” solamente ahondará aun más en las desigualdades existentes a nivel nacional y global.


La gran mentira de la "agricultura inteligente"
Paco Espinoza (CC)  

No son pocas las alianzas globales que surgen realizando llamamientos para transformar la manera en que se produce y consume alimentos. No son pocas las alianzas que intentan defender una visión continuista, las cuales a través de la aplicación de tecnologías que mitiguen el cambio climático, consiguen optimizar los procesos productivos sin cuestionar las relaciones entre eslabones de la cadena agroalimentaria. De entre las últimas, destaca la Alianza Global para una Agricultura Climáticamente Inteligente (GACSA en inglés) y la Alianza Global para la Investigación de Gases de Efecto Invernadero en la Agricultura (GRA en inglés), alianzas que pretenden "generar sinergias globales para mitigar el cambio climático".

En este contexto se desarrolló la jornada organizada por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (MAGRAMA) “Iniciativas internacionales sobre Agricultura, Seguridad Alimentaria y Cambio Climático”, en donde se intentaba plantear los avances y diálogos en torno a la responsabilidad del sector agroalimentario con respecto al impacto medioambiental y el cambio climático. Esta jornada surge al calor de la Cumbre de París, en donde el modelo productivo actual se pone en entredicho por los numerosos impactos medioambientales que acarrea, y donde probablemente se vea un cambio de tendencia en el ordenamiento socioeconómico global. Dicha jornada estaba estructurada en cuatro paneles que agrupaba distintas experiencias internacionales, y una mesa redonda final en donde entre otros actores, se encontraban organizaciones ambientalistas y sindicatos agrarios.

En un primer panel fue señalado el papel que se dio a la embajada estadounidense, cuya representante habló en primera instancia acerca de la intención de trabajar a través de la GRA para mitigar el cambio climático. Dicha representante manifestó la intención de esta coalición, de conseguir incrementar las productividades sin incrementar los gases de efecto invernadero asociados, en donde destacó el papel primordial de EEUU como principal origen de los fondos hacia la causa. Esta coalición estaba formada por 50 países desarrollados y una importante presencia de agentes privados internacionales por la causa, que trataban de atraer la inversión hacia el sector agroalimentario, para "desarrollar herramientas que mitiguen el cambio climático del sector". Consecutivamente, el representante de la FAO, Achuo Enow, describió la GACSA, en donde se hizo alusión a que a pesar de que la alimentación es un problema de distribución, no podía negarse la necesidad de incrementar la productividad agrícola mundial a la par que reducir las emisiones contaminantes asociadas.

En el segundo panel, se dio paso a la exposición de experiencias internacionales que habían implementado medidas paliativas con respecto a la contaminación de sus procesos productivos. Dichas exposiciones vinieron de la mano de los encargados de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) de Mahou-San Miguel, Grupo Pascual, Kellogs y COATO, los cuales hacían uso de las herramientas como el Análisis de Ciclo de Vida (LCA en inglés) o la huella de carbono, para demostrar el fuerte compromiso de sus empresas para reducir la contaminación asociada. Cabe decir que cada una de las ponencias finalizaron indicando que el eslabón más fuertemente contaminante era el de la producción, y que era allí donde "intentaban acompañar al agricultor para optimizar la producción sostenible". Gracias a los avances en la eficiencia de sus procesos, entendían que las certificaciones eran una "inversión", y no escatimaron tiempo destacando su progreso a través de la aplicación de tecnologías de optimización y de reducción de contaminantes.

La presión sobre la producción

El eslabón de la producción es el más débil de toda la cadena agroalimentaria y el más presionado por el de la transformación y la distribución


Si este artículo finalizara aquí, podría entenderse que como mostraba la jornada, se está haciendo todo lo posible a través de alianzas internacionales con un claro cometido, y con un acompañamiento en los procesos productivos por parte de estos agentes privados, que no escatiman gastos y esfuerzo en reducir el impacto medioambiental. Pero, si esto es así ¿de qué se quejan los movimientos sociales que defienden la agroecología? ¿Para qué soberanía alimentaria? ¿Para qué lucha La Vía Campesina? No son pocos los movimientos sociales que ven en el sector agroalimentario un territorio de conflicto a nivel global, y que ven en el terreno político la verdadera razón de la insostenibilidad medioambiental del sistema agroalimentario.

Para el caso español como país con un sector agroalimentario profundamente industrializado, su realidad política atraviesa un momento de grandes contradicciones. Los resultados a dichas contradicciones pueden verse en los conflictos que se vienen dando entre el sector de producción láctea en Galicia y la industria, o entre las demandas de los sindicatos de pequeños y medianos agricultores con respecto a la gran diferencia entre los precios en finca y los precios finales al consumo. Dichas contradicciones tienen su explicación en la ordenación dentro las cadenas agroalimentarias, que abarcan el eslabón productivo (agricultores/as), el eslabón de la transformación (industria agroalimentaria) y el de la distribución minorista (aquel que vende al consumidor final). En dichas cadenas puede observarse como existen una serie de eslabones que juegan un papel muy importante, y que por ello afectan en gran medida al resto de eslabones: estos son la industria de la transformación agroalimentaria y la gran distribución minorista. El proceso de concentración oligopólica de estos dos eslabones, les permiten ejerce una presión sobre los productores para optimizar sus cuentas, forzando al eslabón de la producción a disminuir los precios de venta en finca. El resultado la mayoría de las veces conlleva la industrialización de la producción para incrementar el rendimiento, o a la desaparición la unidad agraria por inviabilidad económica.

La primera de las opciones conlleva no solo un endeudamiento del agricultor por la necesidad de invertir en la mecanización de la finca, también se encuentra estrechamente relacionado con el impacto medioambiental asociado a la agricultura: pérdida de suelo, contaminación de acuíferos, utilización de combustibles fósiles por la propia mecanización, etc. La segunda opción engrosa la lista de población forzada a vender su finca y a abandonar su actividad productiva. Por tanto, podría resumirse que la presión que se ejerce por este orden en la cadena agroalimentaria, repercute en una falta de justicia social que afecta al eslabón productivo, a la par que implica una presión sobre los recursos medioambientales existentes necesarios para la producción.

Volviendo a la jornada, resulta ciertamente incongruente que en un mar de términos complejos y a la vez vacíos que dejan la puerta abierta a una amplia sinergia ideal entre todos los agentes implicados en la seguridad alimentaria y el cambio climático, el mensaje principal del primer panel da centralidad a la productividad a nivel mundial, a pesar de que "el problema de la alimentación es un problema de distribución, no de producción", en palabras de Graziano da Silva (director de la FAO). Además, no deja de sorprender que el papel principal de esta apertura de jornada sea para la embajada estadounidense, si tenemos en cuenta el nulo compromiso de dicho país con el protocolo de Kioto , el cual aun siguen sin ratificar.

Un termino vacío de contenido

Al analizar ciertamente los componentes que conforman estas alianzas presentadas (GRA y GACSA), no sorprende observar la presencia de numerosos holdings de inversión, unos escasos 50 países (la mayoría desarrollados) y la casi nula presencia de organizaciones de la sociedad civil, lo que permite dar una idea de por qué esta fragilidad y ambigüedad en los términos utilizados, que no definen metodos ni prácticas de producción, sino que basan su orientación en la supuesta "integración de diversas maneras de producir", sin poner en duda los sistemas agroalimentarios globalizados como los grandes generadores del impacto medioambiental.

Resulta harto complicado descubrir qué se entiende por “agricultura inteligente”, cuando lo único que se sabe es que es una "aproximación sinérgica desde diferentes métodos de producción", dejando la puerta abierta por tanto a todos los sistemas agroproductivos existentes. Es por ello que más de 320 organizaciones nacionales e internacionales han firmado una declaración contra GACSA, entre las que se encuentra Ecologistas en Acción y La Vía Campesina, y donde denuncian la inconcrección del término y la defensa por otro lado de la Agroecología como medio de transicionar hacia sistemas agroalimentarios que realmente mitiguen el cambio climático.

Sin embargo, esta dificultad de encontrar la descripción exacta de los conceptos utilizados, puede quedar aclarada si analizamos las respuestas a la ronda de preguntas del segundo panel. En este momento, tras la exposición de los responsables del sector privado, un pequeño grupo de activistas de la Plataforma Madrid Agroecológico expusieron la duda planteada en la carta, preguntando acerca de lo inconcreto de los términos, de la presencia de holdings de inversión en las alianzas, y de la sensación de que no era el modelo productivo el verdadero responsable del impacto medioambiental del sector agroalimentario. La respuesta tajante y agresiva del propio Director de Agricultura y Alimentación a las preguntas, permitió ver la postura del Ministerio con respecto a esta cuestión, que eximió de responder a los representantes de estas corporaciones con vagas justificaciones. Únicamente el responsable de la FAO aludió de nuevo a la necesidad de utilizar múltiples aproximaciones al problema del cambio climático y a los métodos de cultivo, contando con todos los actores existentes. Otra manera de decir lo mismo y ninguna respuesta por parte de la agroindustria, parece dar legitimidad a las dudas que las organizaciones que firman la carta contra el GACSA, de que estos conceptos son la manera de nombrar lo mismo con un nuevo término innovador y atractivo, pero que no plantee ningún cambio en el sistema agroalimentario globalizado.

"El problema de la alimentación es un problema de distribución, no de producción"


"Cuando el MAGRAMA establece estos dos paneles como apertura a una jornada de este calado, queda descrita su postura con respecto a los retos que se plantean en la realidad agroalimentaria española, y en general, de la esfera global. Durante sucesivos años, este ministerio se ha posicionado en esta linea, atendiendo a las ordenaciones europeas neoliberales, afectando profundamente a la realidad rural y apostando por la intensificación de la producción agraria a través del laisse faire de los gigantes de la distribución y la transformación agroalimentaria. No parece, por tanto, que vayan a existir dichos cambios en las decisiones políticas dentro del MAGRAMA, con respecto a la desigualdades existentes a lo largo de las cadenas agroalimentarias. Es más, parece que el poder seguirá estando en los últimos eslabones de dichas cadenas, pero con un maquillaje de optimización verde muy actual en relación a la Cumbre de París, con el beneplácito del Ministerio.

Sin embargo, la capacidad de dialogo se acaba, y de no tomar medidas que transformen la manera de ordenarse dichos sistemas agroalimentarios, se ahondará aun más en las desigualdades a nivel nacional y global existentes, tanto en lo social (desigualdad entre el ámbito rural y el urbano, intensificación y dependencia de subvenciones, precios de venta por debajo de los costes de producción, etc.), como en lo ambiental (degradación de ecosistemas, acuíferos, uso excesivo de combustibles fósiles, etc.).

En juego esta la supervivencia de los ecosistemas que alimentan al mundo, y parece que desde los conglomerados empresariales y las organizaciones multilaterales, se niegan a desechar este modelo predador de producción agroalimentaria. Todo depende de la presión que desde los movimientos sociales se ejerza para transformar la manera de entender la comida.

Pablo Saralegui Díez  

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