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Factores desencadenantes de la transformación colaborativa

6 de mayo de 2016

La economía colaborativa, más que un producto de la crisis

Son muchos los que piensan que, de no haber sido por la debacle económica, jamás habríamos vuelto a compartir –ahora se dice que hacerlo es de listos’. Sin embargo, hay otros muchos factores que condicionan el auge y la popularidad de la economía colaborativa.


La economía colaborativa, más que un producto de la crisis
Foto: acanyi cc  

“Cuando empezó la crisis yo pensé que las personas y las instituciones iban a ser más proclives a colaborar, como un instinto básico de supervivencia, pero me equivoqué. La tendencia innata más bien fue proteger lo que se tiene, no compartirlo para crear más valor.” Así responde el sociólogo Luis Tamayo al preguntarle por la relación entre el auge de la economía colaborativa y la recesión económica. El también conector de OuiShare –la organización que promueve este modelo económico y social a nivel internacional– explica que la crisis ha sido un catalizador, pero que se trata de un fenómeno complejo y multivariable.

Que nos mueven la precariedad y las dificultades, como la falta de recursos o el desempleo rampante, es innegable. Cuando la crisis argentina acorraló a sus vecinos, el trueque se convirtió en el único sustento de muchos de ellos. Mientras, la Gran Depresión probó ser el caldo de cultivo propicio para el desarrollo de las monedas alternativas. De la misma manera, es posible que las pequeñas empresas no hubieran buscado otras fuentes de financiación si los bancos no hubieran cortado el grifo, y es probable que no hubieran aparecido otro tipo de licencias si los artistas no se hubieran visto en clara desventaja por culpa de las leyes de propiedad intelectual. Al fin y al cabo, quién va a querer preservar aquello que no funciona.

El factor ADN

La pega de este argumento es que recurrir a la economía colaborativa –o a cualquier otra propuesta ‘alternativa’– solo porque no podemos mantener el nivel de vida que teníamos antes dice poco de nosotros. Explicada solo en términos monetarios –ahorro/ingresos–, su conveniencia es casi condenable y despierta nuestros peores miedos: los que nos hablan de volver al punto de partida en cuanto la situación mejore, si es que lo hace algún día. Mas existen otros muchos factores, como nuestra propia naturaleza y nuestras necesidades emocionales, que condicionan el porqué y el ahora del auge de la colaboración.

Elena Novillo, responsable del Área de Economía Social y Solidaria de Economistas Sin Fronteras, cree que la economía colaborativa tiene mucho de generar encuentros entre personas frente a la dispersión que se ha venido produciendo dentro de las comunidades a las que pertenecemos: “Parece que queramos volver a tener contacto personal.”

Coincide con ella Luis Tamayo, quien reflexiona sobre esa cultura colaborativa previa sin la que los proyectos e iniciativas de economía colaborativa no cuajarían: “Por mucha necesidad que haya, el ahorro no es tanto y, sin una predisposición a confiar en el otro y probar cosas nuevas, no surge la cooperación. De hecho, a pesar de la necesidad, del ahorro y de los sistemas de reputación de las plataformas, muchas personas todavía no participan de la economía colaborativa porque no se fían del extraño.”

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 La generalización de ese cambio tiene bastante que ver con el inevitable relevo generacional: lo que era importante para los padres no tiene por qué ser crucial para los hijos, y los más jóvenes parecen cooperar de forma más natural.

Dejando a un lado el análisis de las causas que han convertido a los millennials en lo que son –de nuevo, surgen las dudas sobre si van primero los valores o la inevitabilidad–, hablamos de más de 8 millones de españoles que ponen las vivencias por delante de los bienes materiales, prefieren ser libres a pasar su juventud pagando una hipoteca y enfrentan sus principios al modelo de trabajo y consumo que se les ha impuesto. No es de extrañar que, como constata un reciente estudio, la economía colaborativa vaya como anillo al dedo a la Generación Y.

No obstante, eso no quiere decir que la economía colaborativa se reserve el derecho de admisión. Pese a su alta aceptación entre los veinte y treintañeros, el estudio de Irene Llorca confirma que los participantes habituales en iniciativas de consumo colaborativo como los intercambios de casas, los bancos de tiempo o el crowdfarming, suelen ser más mayores. Su rasgo común con los millennials es su cultura digital.

Hiperconectados

Según la decimoquinta edición del informe La Sociedad de la Información en España, cuatro de cada cinco teléfonos móviles en nuestro país son inteligentes. Además, unos 26 millones de españoles acceden regularmente a internet; la gran mayoría (20,6 millones), a diario. Y, ojo, que su uso crece de manera significativa entre las personas que superan los 55 años.

La economía colaborativa es inseparable del factor tecnológico en su aparición y desarrollo. Incluso cuando en determinados casos solo propone reinventar comportamientos y prácticas tradicionales, como la cooperación misma, parte de su peculiaridad es que lo hace desde internet y las oportunidades que los teléfonos inteligentes y otros dispositivos móviles nos ofrecen. Piensen, por ejemplo, en cómo si no se podría co-diseñar y co-crear un nuevo producto en red con la participación de expertos de muy diferentes países. La tecnología nos permite superar fronteras, estar hiperconectados y es, por cierto, muy atractiva.

Creando tendencia

Las necesidades económicas y emocionales cubiertas, la aceptación por parte de un sector de la población que pisa fuerte y el componente tecnológico llevan al cuarto factor que ha permitido el auge de la economía colaborativa: la publicidad.

La economía colaborativa ha tenido la capacidad de calar hondo y de hacerse un hueco en los medios de difusión. Una atención que otorga a este fenómeno cierto carácter omnipresente, de forma significativa en las áreas de la producción-creación y el emprendimiento. “Es algo nuevo y como algo nuevo se potencia”, explica Alberto Arroyo, CEO de la empresa de consultoría Alamcia. “Sí que es verdad que empieza a haber signos de la presencia de la economía colaborativa ‘a pie de calle’, aunque la mayoría de los emprendedores todavía lo hacen con ideas tradicionales.”

Tanto si hablamos de un verdadero auge –como se percibe dentro del sector colaborativo– como de una irrupción más modesta de esta otra forma de hacer economía, lo que para Arroyo está claro es que estamos ante un cambio de paradigma, el fin de la cultura de la propiedad. La pregunta de Luis Tamayo queda en el aire: “¿Podemos avanzar hacia una sociedad más colaborativa mientras no cambien las instituciones básicas como la educación, la empresa o la política?”

Isabel Benítez    OuiShare