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¿Qué pasaría si no pagásemos la deuda?

14 de diciembre de 2014

La deuda, un modo de dominar a los pueblos

Los estados siempre se han endeudado, pero hoy la deuda no es solo recurso de financiación de países sino medio de dominio de las élites. Según Eric Toussaint (Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo -CADTM), “con la complicidad activa de los gobiernos, de la Comisión Europea, del Banco Central Europeo y del FMI, los bancos que provocaron la crisis especulan con las deudas de los Estados y exigen su reembolso imponiendo una austeridad salvaje. Es una ofensiva brutal contra los derechos económicos y sociales de la mayoría de la población”.
La deuda publica se utilizó en los noventa para obligar a América Latina a aplicar políticas neoliberales. Para lograr préstamos del Banco Mundial había que cumplir las condiciones del FMI: ajustes estructurales (despidos masivos y patente de corso para el capital), privatizar lo público y rebajar salarios. Puro chantaje.



En la vieja Europa la deuda ha aumentado extraordinariamente por aplicación de los tratados de Maastrich y Lisboa. Con la caída de ingresos del Estado, por rebajar impuestos a la minoría rica, los gobiernos recurren a la banca que compra los bonos de deuda pública y hace buen negocio. Puesto que los beneficios por producción flaquean desde los sesenta, la deuda publica deviene en manos del poder económico y de la troika no solo como mecanismo de control político sino modo de aumentar esos beneficios.

Desde hace tres décadas, una de las políticas neoliberales es aumentar el endeudamiento de los países, pues crear deuda y que crezca es hoy negocio de la gran banca y de los fondos de inversión. En Europa, la deuda aumenta veloz desde que el Banco Central Europeo (BCE) no puede prestar a los gobiernos y éstos han de recurrir a la banca. Y así los gastos financieros de la deuda contribuyen a aumenta los déficits de los Estados y pretenden justificar una austeridad que destruye el cierto estado social que se construyó en Europa tras la II Guerra Mundial. Si los gobiernos europeos hubieran sido financiados por el BCE con los mismos tipos de interés con los que generosamente financia a los bancos privados, el déficit de la eurozona sería mínimo.

Hay dos cuestiones a tener muy en cuenta al enfrentarse a la deuda pública: conciencia de que es impagable y determinar la legitimidad de la deuda.

Deuda ilegítima

Deuda ilegítima es la deuda de un gobierno contraída, creada y utilizada contra los intereses de la ciudadanía del país. Ésta no ha de ser pagada y no es exigible su devolución. El concepto de deuda ilegítima fue formulado por el jurista ruso Alexander Sack en tiempos del zar, al principio del siglo XX. Para Sack, la deuda es ilegítima si un gobierno la contrae sin conocimiento ni aprobación de la ciudadanía y cuando no se destina a beneficio del pueblo.

Que gran parte de la deuda pública es ilegítima se comprueba desde que estalló la crisis. El caso de Grecia es muy esclarecedor. Mientras Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI precipitaban a la inseguridad y pobreza a gran parte de la ciudadanía griega, por una criminal austeridad para pagar la deuda pública y cumplir los objetivos de déficit impuestos por la troika, el Instituto Internacional para la Investigación de la Paz de Estocolmo denunciaba que el gobierno griego en 2009 dedicaba a gastos militares el 4% del PIB; la más elevada proporción de Europa. Y, mientras se perpetraban los mayores recortes de derechos sociales y económicos de los griegos, ese gobierno negociaba comprar seis fragatas y varios helicópteros de combate a Francia, y submarinos a Alemania. El entonces ministro de defensa francés aseguró entonces que ninguna restricción presupuestaria impuesta por la troika afectaría a las compras del Ministerio de Defensa griego. ¿Hacen falta más explicaciones?

Toda deuda cuyo pago suponga violaciones de derechos humanos de la ciudadanía es ilegítima. Y contraer deuda por haber rebajado o suprimido impuestos a quienes más poseen, lo que conlleva reducir ingresos y que el Estado se endeude más de lo admisible, hace ilegítima la deuda. No estamos ante un problema financiero, sino político. Por eso, la ciudadanía ha de exigir auditorías de la deuda para determinar su legitimidad. Auditorias ciudadanas, no de expertos por supuesto, que a menudo, por no decir siempre, habrán estado o estén a sueldo del poder financiero. La auditoría determinará quién contrajo la deuda, con quién, para qué, con qué plazos y condiciones, con qué interés y qué proporción tiene el pago de la deuda sobre la riqueza y necesidades del país. Las auditorías han de responder a cuánto se debe, por qué se debe y a quién se debe.

Qué hacer con la deuda

Y, si la deuda es ilegítima, ¿qué hacer?
Cuando Argentina dejó de pagar su deuda, se recuperó su economía y tuvo un rápido crecimiento por disponer del dinero que antes se iba en pago de esa deuda. También ocurrió en Rusia en 1998. En Ecuador, se creó una comisión para auditar la deuda soberana desde 1976 hasta 2006. La comisión identificó la parte ilegítima de la deuda y la reestructuró según las necesidades del pueblo. Y Ecuador creció.

Toda deuda cuyo pago suponga violaciones de derechos humanos de la ciudadanía es ilegítima

Los impagos de deuda son frecuentes en la historia. Porque el impago puede ser la mejor opción cuando solo se ofrece recesión y desempleo. Fue el caso de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. El acuerdo de Londres de 1953 redujo el 62% de la deuda alemana y determinó que el pago de deuda restante no debía sobrepasar en cada abono el 5% de los ingresos por exportaciones.

¿Qué pasaría si no pagásemos la deuda? ¿El caos, como auguran los voceros del neoliberalismo austericida y deutocrático? Carlos Sánchez Mato, miembro de la Plataforma por la Auditoría Ciudadana de la Deuda, asegura que, ante el posible impago de la deuda, las élites “nos mienten una vez más tal y como demuestran las historias de los Estados que se han enfrentado a los mercados cancelando deuda y aplicando restricciones a los flujos de capitales en los últimos años”. Malasia, Ecuador, Islandia, Argentina se han enfrentado a los mercados y no les ha ido tan mal.

En nuestro país, según el Banco de España, la deuda pública suma hoy algo más de un billón de euros. Deuda triple desde que empezó la crisis. En 2007 era 36% del PIB y hoy es más del 97 %. Deuda impagable, por supuesto, según coinciden economistas críticos, y que es imprescindible auditar y reestructurar. En España los intereses de la deuda a pagar en 2015 sobrepasan los 35.000 millones de euros. Lo que obliga a proponerse otro modo de afrontar la deuda soberana.

Que la deuda sea impagable hace imprescindibles moratorias, reestructuraciones, suspensiones y quitas. Medidas normales en el capitalismo, como lo fueron en el feudalismo y aún antes. Según el CADTM, hace cuatro mil años, en la Babilonia de Hammurabí, hubo cuatro anulaciones de deuda y unas treinta reestructuraciones.

Las reestructuraciones de duda no son neutrales

Pero no hay que ir tan lejos para comprobar que reestructuraciones y quitas de deuda son frecuentes, nada revolucionarias. Además del citado Acuerdo de Londres de 1953, Reinhart y Trebesch nos ofrecen datos históricos de otras reestructuraciones. Por ejemplo, las reducciones de deuda pública de Francia e Italia tras la conflagración mundial. Respectivamente quitas del 52% y 36% respecto a su PIB de 1934. Esas deuda fueron condonadas en su mayor parte, olvidadas y, tras su reestructuración, mejoraron las condiciones económicas y ambos países crecieron.

Reestructuración y anulación de parte de deuda pública es cuestión de voluntad política, no técnica. Como también es voluntad política decidir a quien beneficia una reestructuración de la deuda. ¿A la mayoría ciudadana? ¿A la minoría que detenta el poder económico? Porque tengamos claro que las reestructuraciones de deuda nunca son neutrales. Por eso es imprescindible la intervención de la ciudadanía, no solo para auditar la deuda sino para supervisar y controlar los procesos de moratoria, reestructuración y quita, cuando sea el caso.

Hacer frente a la deuda, auditarla, reestructurarla y reducirla, pensando sobre todo en la gente común, en la ciudadanía, es imprescindible para empezar a cambiar las cosas y construir otro mundo posible más decente.

Xavier Caño Tamayo    Blog

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