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El Blog del Noble Gallo Beneventano

Filosofía-genios

16 de abril de 2017
Javier Cortines 

El impacto de la postverdad en el Reino de España

“La verdad no es importante, hay otras cosas que tienen mucho más valor, porque la verdad casi siempre produce dolor y destrucción” (Ernesto Sábato).


El impacto de la postverdad en el Reino de España

En los debates estrella que hubo a finales de 2016 en el Reino de España se preguntó a los simios cuál era la palabra que más impacto les había causado durante el año saliente y muchos respondieron que el término la “postverdad” merecía, en particular, el Óscar a la nueva tendencia a mentir en las redes sociales y, en general, en todas las reservas de antropoides.

Reunidos en lucrativas “ágoras” televisivas, radiofónicas y académicas los monos rumiaban y deconstruían al nuevo monstruito que pregona, cual nefasto 666, la victoria de la mentira. ¿Cuándo –me pregunté– el bípedo implume [1] ha tratado de decir lo que piensa, con la excepción de los excluidos, los borrachos y los vencidos?

Primero me acordé de Lao Tsé (siglo VI a.C) que escribió en su Tao Te King (El Camino): “Las palabras hermosas no dicen la verdad, la verdad no puede decirse con palabras hermosas” y luego del gran Ernesto Sábato, quien en uno de sus libros –ahora no me acuerdo cual– subraya: “La verdad no es importante, hay otras cosas que tienen mucho más valor, porque la verdad casi siempre produce dolor y destrucción”.

Después me transformé en una especie de Tersites [2] y, acudiendo de nuevo a Petronio, investigué si ese novelista de la época de Nerón, decía algo sobre “la postverdad”. En el capítulo CXVI de El Satirión me encontré con esta perla narrativa: “el anciano poeta Eumolpo y los jóvenes Eucolpo y Giton, caminan por un sendero y ven a lo lejos una ciudad sobre una colina”. Preguntan a un campesino de qué urbe se trata y éste les responde:

“Aquello es Crotona, antiquísima población que en su día fue la primera de Italia (…) ¡Oh, extranjeros, si queréis trabajar cambiad de ruta o buscad otro medio de ganaros la vida! ‘Pero si pertenecéis a las clases distinguidas y no os asusta la obligación de mentir de la mañana a la noche, encontraréis la fortuna en esa ciudad’ (…) En ella sólo veréis cadáveres a medio devorar y cuervos que de ellos viven” [3] (…) Después, el vate alza la vista y, como si estuviera contemplando el Helicón, recita estos versos:

¡Corrupción por doquier! En los comicios
virtudes trueca el oro por los vicios ¡Oh, Justicia! [4]

De nuevo regresé a uno de mis manuales de cabecera “El arte de la mentira política” del escritor Jonathan Swift y, sobre las elites, leo:

“Unos sueltan una mentira para vender o comprar un fondo o una acción a un precio más ventajoso, y los otros, porque es honorable servir a su partido”. Sobre los súbditos agrega: “El derecho de inventar y difundir mentiras políticas reside también en parte en el pueblo, que en los últimos años se ha distinguido por su apego obstinado a este justo privilegio” [5].

Jonathan Swift pone matrícula de honor a dos mentiras infalibles: la φοβερον y la δομοειδεσ (“la foberon” y “la domoeides”), es decir: “la que sirve para asustar e infundir terror, y la que anima y alienta, que son extremadamente útiles cuando se saben utilizar”. Asimismo, aconseja a los líderes “no mostrar al pueblo demasiado a menudo objetos terribles, ya que pueden acabar siéndoles familiares y acostumbrarse a ellos” [6].

El teólogo anglo-irlandés (autor de los “Viajes de Gulliver”, amarga e incomprendida sátira contra la sociedad y la condición humana) nos alumbra diciéndonos “que se reconoce rápidamente a los que dicen mentiras por los excesivos juramentos que repiten sin cesar”. Sobre “la gran inclinación que tienen todos los hombres de estos tiempos (siglos XVII y XVIII) a crear mentiras”, advierte de que de “el medio más adecuado y más eficaz de destruir una mentira es oponerle otra mentira”.

Por ejemplo, indica, “si alguien os dijera que el Pretendiente estuvo en Londres, no vayáis a combatir esa mentira diciendo que nunca ha venido a Inglaterra, sino que demostraréis con testigos oculares que no avanzó más allá de Greenwich (cerca de Londres) y que de allí volvió sobre sus pasos” [7].

“Las mentiras sobre las (golosas) promesas que lanzan los grandes, los ricos, los poderosos, los Señores, los que están bien situados, se conocen por los gestos que hacen al decirlas: os ponen la mano en el hombro, os abrazan, os estrechan, se inclinan a saludaros, (dan saltitos); eso son señales de que os engañan y que quieren impresionaros”, [8] remacha Swift.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para preguntar ¿se puede menospreciar a la ciudadanía por adulterar “la verdad” en las redes sociales, y dar la espalda a lo monstruoso, a las mentiras ciclópeas con las que los poderosos bombardean nuestras mentes?

Javier Cortines   Nilo Homérico

Notas

[1El hombre, según Platón.

[2Tersites, el más feo de los griegos que fueron a combatir a Troya y que cantaba las cuarenta a los reyes.

[3El Satiricón (Ediciones 29, 1971). Págs. 164 y 165..

[4Íd. op. cit., pág. 169.

[5Jonathan Swiift (Dublín, 1667-1745)). El arte de la mentira política. Edición Centellas, 2013. Págs. 31 y 34.

[6Íd. op. cit., págs. 48 y 49.

[7Íd. op. cit., págs. 72 y 73.

[8Íd. op. cit., págs. 71 y 72.

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