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2 de diciembre de 2014

Economía de la Felicidad

Los economistas académicos tienen dos formas de considerar la utilidad que proporcionan los bienes y servicios económicos. Una es la medida del grado de satisfacción de los deseos o preferencias; y la otra, como felicidad, que es el enfoque fundado por Bentham en el siglo XIX, con su ‘cálculo de felicidad’, en el cual se suman los placeres y se sustraen las penas


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Tzevan Todorov

En cuanto al concepto de felicidad, siempre ha estado entre los grandes objetivos de la humanidad. Los más tempranos mitos de la humanidad, el mito del paraíso y el de la edad de oro, diseñan un estado feliz. Y ya en la época contemporánea, se ha considerado que promover la felicidad es una de las principales exigencias éticas que el individuo demandará a la sociedad y al Estado. Incluso se llega a hablar de la felicidad como un ‘derecho establecido’. Así, en el preámbulo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (4 julio 1776), la búsqueda de la felicidad figuró entre los derechos inalienables del hombre, entendida como bienestar del individuo y prosperidad de la humanidad.

La meta de la felicidad aparece por todas partes; no sólo en las religiones, en la legislación o en la filosofía, sino también en la poesía. Por ejemplo, Píndaro (el gran poeta de la Grecia antigua) dejó testimonio en sus versos de las siguientes ideas:

  • La dicha de cada día siempre se presenta como bien sumo...” (Olímpica I).
  • La dicha reside en poseer salud, bienes suficientes y fama (Olímpica V).
  • Los caminos de la felicidad son muchos (Olímpica VIII)
  • No hay dicha sin esfuerzo (Pítica XII)
  • La felicidad no depende de tener muchas riquezas, sino de saber gozar de los bienes presentes (Nemea I)
  • Es imposible alcanzar la felicidad completa (Nemea VII).

Puede observarse que el pensamiento de Píndaro se diferencia claramente con respecto de la concepción moderna de la felicidad, basada en el hedonismo o búsqueda del placer como fin absoluto, ya que el tipo de felicidad que él propone -y que podríamos denominar de ‘heroica’-, depende del logro de la fama a través del esfuerzo.

Por lo tanto no hay una teoría de la felicidad que todos admitan por igual. La tesis de que la felicidad es lo único bueno resulta demasiado general si no se precisa su contenido concreto. Este contenido varía de acuerdo con las relaciones sociales que lo determinan, y a cuyos intereses responde. Es lo que vemos al cifrarse la felicidad en la contemplación en las sociedades esclavistas, o en la posesión de dinero en la sociedad burguesa moderna. Resulta así que la felicidad no puede concebirse como algo abstracto al margen de unas condiciones sociales dadas, y que estas condiciones no favorecen u obstaculizan la felicidad en general, sino una felicidad concreta.

Elementos subjetivos y objetivos de la felicidad

Desde este punto de vista subjetivo se ha comprobado que uno de los principales cambios biológicos producidos por la felicidad consiste en el aumento en la actividad de un centro cerebral que se encarga de inhibir los sentimientos negativos y de aquietar los estados que generan preocupación, al mismo tiempo que aumenta el caudal de energía disponible. En este caso no hay un cambio fisiológico especial salvo, quizás, una sensación de tranquilidad que hace que el cuerpo se recupere más rápidamente de la excitación biológica provocada por las emociones perturbadoras. Esta condición proporciona al cuerpo un reposo, un entusiasmo y una disponibilidad para afrontar cualquier tarea que se esté llevando a cabo y fomentar también, de este modo, la consecución de una amplia variedad de objetivos.

Empero debe tenerse en cuenta que la felicidad y el goce, no obstante ser en un sentido experiencias subjetivas, son ellos mismos el resultado de acciones interdependientes de condiciones objetivas y no deben ser confundidas con la mera experiencia subjetiva del placer. Así, los economistas tratan en la actualidad de saber qué relación hay entre el disfrute de determinados recursos y situaciones y el grado de satisfacción de los individuos.

Fue Richard Easterlin el primer economista moderno que volvió a examinar el concepto de felicidad, a principios de 1970; interés que se generalizó en la teoría económica a finales de 1990. En su estudio original, Easterlin reveló una paradoja que despertó el interés en el tema, pero que sigue sin resolverse. Aunque la mayoría de los estudios sobre países concretos encuentran que las personas más ricas son, en promedio, más felices que los pobres, los estudios entre países y a lo largo del tiempo encuentran muy poca, o ninguna, relación entre el aumento de la renta per cápita y los niveles medios de la felicidad. En promedio, los países más ricos (como grupo) son más felices que los pobres (como grupo); la felicidad parece elevarse con los ingresos hasta un cierto punto, pero no más allá de él. Sin embargo, incluso entre los países más pobres y menos felices, no hay una clara relación entre el ingreso promedio y los niveles medios de la felicidad, lo que sugiere que muchos otros factores -incluyendo los rasgos culturales- están en juego.

Los límites de las encuestas de felicidad

La economía de la felicidad evalúa el bienestar mediante la combinación de técnicas de los economistas y psicólogos, y se basa en nociones más amplias que la utilidad proporcionada por la riqueza (y manejada por la economía convencional). El primer enfoque pone de relieve otros factores objetivos que afectan al bienestar, además de los ingresos.

Las medidas de la felicidad se basan en los resultados de las encuestas a gran escala, entre países y a lo largo del tiempo, de cientos de miles de personas a las que se les pide evaluar su propio bienestar. Las encuestas proporcionan información acerca de la importancia de una serie de factores que afectan el bienestar, incluyendo los ingresos, además de otros como la salud, el estado civil, la situación laboral y la confianza ciudadana.

El enfoque se basa en las preferencias expresadas en vez de las reveladas en el mercado. En efecto, las preferencias reveladas en el mercado no pueden evaluar plenamente los efectos sobre el bienestar de políticas o mecanismos institucionales concretos que los individuos no tienen capacidad para cambiar. Otra área en la que un enfoque de la elección revelada es limitada y donde las encuestas de felicidad pueden arrojar luz es la de los efectos sobre el bienestar de las conductas adictivas, como el tabaquismo y el abuso de drogas.

Existe un consenso incipiente de que las encuestas de felicidad pueden servir como una importante herramienta complementaria para la política pública. Algunos estudiosos abogan por la creación de cuentas nacionales de bienestar para complementar las cuentas de ingresos nacionales. La nación de Bután, por su parte, ha introducido el concepto de ‘felicidad nacional bruta’ para reemplazar el producto nacional bruto como medida del progreso nacional.

A pesar de las posibles contribuciones que la investigación sobre la felicidad puede hacer a la política, es necesario un sentido de la precaución en la aplicación directa de los resultados, por los posibles sesgos en los datos de la encuesta y por las dificultades asociadas con el análisis de este tipo de datos (en ausencia de controles para los rasgos de personalidad no observables). Aunque es verdad que las encuestas de felicidad a veces producen resultados anómalos que proporcionan nuevos conocimientos sobre la psicología humana -tales como la adaptación y afrontamiento en situaciones de crisis económica-, esta información no se traduce en recomendaciones de políticas viables.

En conclusión: el criterio de la felicidad como enfoque de optimización y evaluación económica se basa en los estados emocionales positivos del individuo entrevistado. Existen al menos dos razones para no adoptar este enfoque de forma exclusiva. Una es que nuestro conocimiento sobre los determinantes macrosociales de la felicidad y la infelicidad está muy subdesarrollado. La segunda surge de la necesidad de limitar (o enriquecer) el principio de felicidad por otros principios morales, tales como la autodeterminación y la autorrealización como fines en sí mismos.

Moral, felicidad y bienestar

Así pues, el concepto de felicidad hedonístico que manejan los economistas resulta incompleto a la hora de establecer un ideal moral. Vale la pena recordar aquí al filósofo Inmanuel Kant, que consideraba que como todo el mundo busca necesaria e inevitablemente la felicidad, concluyó que la búsqueda de la felicidad no puede resultar ni meritoria ni virtuosa. Para otro filósofo, Spinoza, el placer no es el fin de la vida, pero acompaña inevitablemente a la actividad productiva del hombre.

Actualmente se piensa que mientras que la mayoría de las emociones son reacciones bien circunscritas a acontecimientos específicos, la felicidad es el modo en que evaluamos la vida como un todo, o significativos aspectos de la vida (tales como la familia y el trabajo) que tienen un marcado impacto sobre la vida como un todo. Con la felicidad, la implicación es que las cosas van bien en el mundo, incluso si, como es a veces el caso, se deben soportar desgracias temporales.

Es por ello que algunos autores distinguen la felicidad del bienestar. Y si bien puede haber bienestar sin felicidad, no puede haber felicidad sin bienestar. Como ya señalaba Aristóteles, los que dicen que el ser humano bueno puede ser feliz incluso padeciendo tortura e infortunio, no saben lo que dicen. El concepto (de origen religioso) de una felicidad ajena al bienestar juega un papel ideológico –en la acepción peyorativa marxiana de esa palabra- de consuelo ilusorio por la desgraciada situación real y de alienación encubridora, que impide tomar conciencia de esa situación y superarla.

También se ha afirmado que «el hombre sólo puede conquistar la felicidad y la perfección auténticas cuando asocia su propia felicidad y perfección con la de otros». Por consiguiente la igualdad en la felicidad parece, prima facie, un objetivo plausible.

Carlos Javier Bugallo Salomón  

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