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El Blog del Noble Gallo Beneventano

Coministas y fascistas

23 de julio de 2017
Javier Cortines 

Contra la manía de etiquetar al otro para rebajarlo

Tenemos la mala costumbre de etiquetar a las personas como si fueran mercancías (nocivas o saludables) y, poniéndolas en la frente un papelito con “sus tres características más sobresalientes”, las aceptamos o las rechazamos. Las invitamos al banquete o las desterramos de nuestras vidas.


Contra la manía de etiquetar al otro para rebajarlo
Toda opinión que los Hunos lanzan sobre los Otros es, sin excepción, (no importa lo breve que sea), un juicio relámpago en el que el “yo”, con los ojos vendados y una balanza en la mano, condena o absuelve al prójimo, al que percibe como un potencial aliado o enemigo.

Yo he conocido (me considero “un intelectual de campo”, no de biblioteca) a individuos que se autodefinen de izquierdas y en la vida actúan con el autoritarismo “típico” de la derecha; y a gentes que llevan la bandera de la derecha pero que tienen “un historial rojo” que, al conocerse, se diría que han combatido con el Ché en Sierra Maestra.

También hay muchas personas de izquierdas que son consecuentes con sus principios, y lo mismo ocurre con la derecha. Entre ellos hay “una masa de mutantes”, tipo la colonia de Marte de “Desafío Total”, que son ambiguos, poliédricos, camaleónicos. Ese segmento poblacional adopta el color adecuado para camuflarse y actuar en el Gran Teatro del Mundo.

Cuando fui delegado de la Agencia EFE en China (1997-2003), conocí a un tal Alain M [1] hijo de españoles que se exiliaron en Francia tras la Guerra Civil española. A ese hombre le incorporé al equipo de corresponsales de Pekín. Un día tomando un whisky en el salón de mi casa, Alain, que por aquel entonces frisaba en los cuarenta, me contó que un tío suyo, profesor de una universidad francesa y miembro del Partido Comunista Francés (PCF), un día pensó que no le bastaba con lo que sabía y decidió conocer mundo.

Estuvo viajando y trabajando varios años en Rusia y China y regresó a París con las ideas claras. El docente, ya de avanzada edad, lo primero que hizo fue saludar a su familia y luego asistir a una reunión del PCF. Durante el debate levantó la mano y, cuando le dieron la palabra, dijo: “Después de lo que he visto en Rusia y China ya no puedo seguir con vosotros”. Luego se marchó a su apartamento y se suicidó.

Días después de esa charla con Alain – que no afectó a mi forma de pensar pues creo que se pueden corregir los errores del pasado- me fui al Palacio del Pueblo de Pekín (Parlamento) y en el hall vi a una familia de paupérrimos campesinos que había ido a la capital a presentar una denuncia contra el alcalde de su aldea que, al parecer, les había maltratado injustamente.

La mayoría de los políticos que pasaban por allí, hombres y mujeres bien vestidos y llegados en coche oficial, se mofaban de ellos. Me vino a la cabeza la película “Qiu Ju, una mujer china” (1992), del cineasta Zhang Yimou, que trata de una campesina ultrajada, Gong Li, que viaja a la capital con la esperanza de que el jefe de su pueblo sea juzgado por abuso de poder.

Esta crónica se la dedico a los estudiantes que murieron en Tiananmen ( el 4 de junio de 1989) y al ex primer ministro chino Zhou Rongii (1998-2003), a quien tuve el honor de conocer y entrevistar. Este estadista, un gigante, un ser íntegro, sabio, culto, admirado internacionalmente por su gran visión macroeconómica, “fue defenestrado” (apartado de la política activa) por querer implantar “un comunismo limpio, sin corrupción” y porque hacía sombra, con su carisma, a todos los líderes de su época.

Zhu Rongji, nada más ser elegido primer ministro, el 17 de marzo de 1998, ofreció una rueda de prensa a los corresponsales extranjeros y, cuando le pedimos que opinase sobre la matanza de Tiananmen, nos respondió: “Ahora ya no soy un hombre libre. Soy prisionero de las circunstancias. La Historia juzgará lo que ocurrió”.

Cuando Zhou Rongji era alcalde de Shanghai (en junio de 1989) impidió una matanza como la que se produjo en Pekín disolviendo a los estudiantes con un discurso memorable que ha pasado a la historia.

Su fama creció cuando, siendo todavía alcalde de la metrópoli de Shanghai, se dirigió en público a un alto funcionario que fumaba un tabaco de lujo y le dijo: “Con tu sueldo ¿cómo es posible que puedas permitirte fumar un tabaco tan caro? (Esta historia se hizo célebre en toda China)

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble gallo Beneventano para decir ¿Se puede llamar a alguien corrupto a la cara, con más nobleza y valentía, sin importarte que sea de tu partido? ¡Qué pena, amigo Zhu Rongji, que no te dejaran tomar el timón! Contigo el mundo hubiera cambiado, el comunismo sería otra cosa, y ahora lo estaríamos celebrando. ¡Viva la revolución!

Javier Cortines   Nilo Homérico

Notas

[1.Omito el apellido al no estar autorizado a hacerlo público.

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